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ABAJO EL BIOPODER PATRIARCAL

31/08/2007 GMT 1

soberanía alimentaria. galeano

chusantibiopoder @ 21:01

Por Eduardo Galeano,

Según la voz de mando, nuestros países deben creer en la libertad
de comercio (aunque no exista), honrar la deuda (aunque sea
deshonrosa), atraer inversiones (aunque sean indignas) y entrar al
mundo (aunque sea por la puerta de servicio).

Entrar al mundo: el mundo es el mercado. El mercado mundial,
donde se compran países. Nada de nuevo. América latina nació
para obedecerlo, cuando el mercado mundial todavía no se llamaba
así, y mal que bien seguimos atados al deber de obediencia.

Esta triste rutina de los siglos empezó con el oro y la plata y siguió con el azúcar, el tabaco, el guano, el salitre, el cobre, el estaño, el caucho, el cacao, la banana, el café, el petróleo... ¿Qué nos dejaron esos esplendores? Nos dejaron sin herencia ni querencia. Jardines convertidos en desiertos, campos abandonados, montañas
agujereadas, aguas podridas, largas caravanas de infelices
condenados a la muerte temprana, vacíos palacios donde
deambulan los fantasmas...

Ahora es el turno de la soja transgénica y de la celulosa. Y otra vez
se repite la historia de las glorias fugaces, que al son de sus
trompetas nos anuncian desdichas largas.

La Argentina, Brasil y otros países latinoamericanos están viviendo
la fiebre de la soja transgénica. Precios tentadores, rendimientos
multiplicados. La Argentina es, desde hace tiempo, el segundo
productor mundial de transgénicos, después de Estados Unidos. En
Brasil, el gobierno de Lula ejecutó una de esas piruetas que flaco
favor hacen a la democracia y dijo sí a la soja transgénica, aunque
su partido había dicho no durante toda la campaña electoral.

Esto es pan para hoy y hambre para mañana, como denuncian
algunos sindicatos rurales y organizaciones ecologistas. Pero ya se
sabe que los paisanos ignorantes se niegan a entender las ventajas
del pasto de plástico y de la vaca a motor, y que los ecologistas son
unos aguafiestas que siempre escupen el asado.

Los abogados de los transgénicos afirman que no está probado que
perjudiquen la salud humana. En todo caso, tampoco está probado
que no la perjudiquen. Y si tan inofensivos son, ¿por qué los
fabricantes de soja transgénica se niegan a aclarar, en los envases,
que venden lo que venden? ¿O acaso la etiqueta de soja
transgénica no sería la mejor publicidad?

Y sí que hay evidencias de que estas invenciones del doctor
Frankenstein dañan la salud del suelo y reducen la soberanía
nacional. ¿Exportamos soja o exportamos suelo? ¿Y acaso no
quedamos atrapados en las jaulas de Monsanto y otras grandes
empresas de cuyas semillas, herbicidas y pesticidas pasamos a
depender?

Tierras que producían de todo para el mercado local, ahora se
consagran a un solo producto para la demanda extranjera. Me
desarrollo hacia fuera, y del adentro me olvido. El monocultivo es
una prisión, siempre lo fue, y ahora, con los transgénicos, mucho
más. La diversidad, en cambio, libera. La independencia se reduce
al himno y a la bandera si no se asienta en la soberanía alimentaria.
La autodeterminación empieza por la boca. Sólo la diversidad
productiva puede defendernos de los súbitos derrumbamientos de
precios que son costumbre, mortífera costumbre, del mercado
mundial.

Las inmensas extensiones destinadas a la soja transgénica están
arrasando los bosques nativos y expulsando a los campesinos
pobres. Pocos brazos ocupan estas explotaciones altamente
mecanizadas, que en cambio exterminan los plantíos pequeños y
las huertas familiares con los venenos que fumigan. Se multiplica el
éxodo rural a las grandes ciudades, donde se supone que los
expulsados van a consumir, si los acompaña la suerte, lo que antes
producían.

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