MEMORIAS DE AFRICA I. 1 de julio
Maputo. Airport. 2.31 am.
Tendré un aspecto un poco absurdo caminando sobre las baldosas esmaltadas en blanco con ribetes azules del aeropuerto de Maputo.
Tendré ese aspecto de una mujer mayor y muy grande con su camiseta blanca embutida hasta el cuello por mil chales, que cuelgan por detrás a modo de capa, sentada en el borde de un taburete colocado contra la pared y balanceando los pies.
Así que pruebo postura cigüeña, parada sobre una piernita.
No da resultado. Por varias razones.
Más allá de las baldosas esmaltadas en blanco con ribetes azules la gente, rumbo a un lugar mejor y más feliz, fuman cigarrillos y nadan juntas la medianoche.
Hace un frío democrático. Hasta en el WC el empalagoso escalofrío sale por la puerta, sobre la que un pequeño cartel de madera dice: "no olvide sus pertenencias" y yo pienso: "ni la chaqueta".
Como buena aspirante al uso de letrinas, miro pensativa la taza del water, siguiendo el ritmo frenético del agua al tirar de la cadena con el pie izquierdo. Me siento como una atleta egipcia piramidal, enganchada a sus deseos inciertos de un futuro oro olímpico con tisúes y botoncito flash.
El WC no me agradece la atención. Ni mis fervientes deseos inciertos.
Una mujer al otro lado solloza discreta.
El frío se me abalanza al abrir la puerta, como un animal salvaje muerto de hambre. Me enfundo hasta el cuello por mil chales (que cuelgan por detrás a modo de capa) mientras me exaspero porque no sé donde esta mi móvil (aunque mi desesperación personal no llega a ser lo suficientemente desesperada cuando veo al insensato muy quieto y muy callado en la última baldosa esmaltada en blanco con ribetes azules del WC)
La mujer sollozo, en cambio, se quita las capas de tela en su turno nocturno de incontinencia. Intenté decir algo. Me salió un gruñido de frío, como la uña que rasga la pizarra sin tiza.
La puerta del WC chirrió al cerrarse. Por un segundo un remolino de tristeza me abrazó e impulsó mis ganas de aviones de plata en un cielo made in Spain.
Hice acopio de todas mis fuerzas.
No hubo lágrimas.
Raqueliña

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