Limón no sólo es una fruta deliciosamente amarga. Es además la capital de uno de los departamentos más bananeros del caribe de Costa Rica. La gente en las calles se comunica en un lenguaje que no es el castellano, sino un slang del inglés (destaco la redundancia por su exhuberancia).
Vinieron de Jamaica los bis abuelos y las bis abuelas de muchos-as de ellos-as a trabajar en condiciones de pseudo esclavidud. Había que modernizar el país y hacer las grandes vías del tren que ahora mueren corroídas por el paso del tiempo y la falta de uso. Llego la hora de las carreteras, y la esclavitud continúa (en formato postmoderno, claro).
En el caribe la gente anda despacito y baila reggae (ahora también, el reggaeton). Hace mucho calor y la humedad te roba el 70 por cierto del agua que cada 15 minutos hay que reponer.
El mar es azul y transparente, con espumita blanca blanca como los dientes de esa mulata hermosa que limpia todos los días el pescado del Bar La Ramona.
Recorrimos el caribe de Costa Rica, el caribe de la provincia de Limón insisto. Desde la capital hasta Manzanillo, donde brotan de la tierra las más maravillosas de todas las plantas salvajes jamás vistas.
Rodó que rodó la bicicleta, y nuestros pies se llenaron de ampollas cuyos dolores fueron mágicamente curados por las sales marinas.
(...)
Del otro lado de un río, hay un valle, al sur, el Valle de Talamanca. El valle comienza en Costa Rica y termina en Panamá. Para él no existen fronteras, ni límites, ni pasaportes, ni nada de eso. El valle lleva el nombre de una de las comunidades indígenas que allí viven.
Su mesa fue nuestra mesa durante dos días. La de Alfonso, digo, el muchacho con quien sembramos amistad en un bus rumbo vaya una a saber dónde.
Su mesa, y la de toda su familia.
El tiempo se deshizo y por sus venas corrió la sangre derramada de la chicha. Sangre poderosa, deliciosa y mortal.
(...)
Saltamos del otro lado, digo, del otro lado de esa raya imaginaria que llaman frontera (esa que no existen para los-as de Talamanca). Sí, tras el Sixaola, en Panamá.
Panamá, fantasmal y olvidado, donde la vida no vale nada y un canal lo divide en dos, o en mil.
El archipiélago de Bocas del Toro. Allí fuimos. Luego de recorrer en una lancha un largo estrecho de agua, en medio de flores acuáticas sembradas por manos divinas, llegamos a la isla Colón. Sí, el burro que dijo descubrir las Indias cuando había llegadó a América.
Subimos a otra embarcación, esta vez hecha de madera.
Destino: Bastimentos. La isla más remota en la que jamás haya estado el hombre y la mujer. Mar y selva, y un siciliano absolutamente loco que nos dio albergue unos días.
Bartimentos nos regaló platos sabrosos, playas paradisíacas, un millón de picaduras de mosquitos instaladas centralmente en la zona trasera de mi cuerpo, chamanes y horas de vigilia tras las intoxicación del veneno maligno bebido en el valle de Talamanca llamado chicha. (Imagino lo recuerdan, sino relean el mail).
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Ya de regreso en este San José tropical.
A la casita en medio de la jungla.
A la gente linda que me abraza cada día.
Al trabajo, claro.
amor y libertad!!
con cariño, romi
(con visita desde Grecia!! mmm)